CARTAS DESDE LA TIERRA – 00 PRÓLOGO

CARTAS DESDE LA TIERRA – MARK TWAIN

PRÓLOGO

PRÓLOGO de Alicia Varela

Se ha dicho que los que triunfan como humoristas deben pagar por ello, y que la pena es que la gente nunca los toma en serio. Fue que Mark Twain no se decidió a publicar esta obra suya, a pesar de haber expresado su intención de hacerlo en una nota que se incluye en ella. Sin embargo, tiene el gran valor de ser, en cierto modo el epitome de la filosofía de su autor, de lo que Mark Twain pensaba y sentía sobre su religión y sobre Dios y sobre la relación de Dios con el Hombre.

Pero es necesario especificar que acá la figura de Dios es claramente dual, uno es Ser Supremo, creador universal, principio y origen de todo cuanto existe; otro es el Dios de los hombres, que ellos describen en sus biblias, como las llama Mark Twain y al que estos han dotado de cualidades que tantos hechos históricos parecen negar. Contra ese Ser que el autor considera absurdo, ilógico e inaceptable, se rebela Mark Twain personificado en un Satanás que no tiene otra relación con el personaje bíblico que la de ser rebelde. Y aquí resulta útil recordar algo que Baldanza cita en su Mark Twain: An Introduction and interpretation.

La creencia religiosa de Samuel Clemens puede reunirse brevemente en sus propias palabras, en extractos de notas hechas a principios de la década de los ochenta que según nos asegura su biógrafo, siguió siendo esencialmente su credo:

“Creo en Dios todo poderoso”.

“No creo que hay enviado nunca un mensaje a los hombres por intermedio de nadie, o que se lo haya entregado oralmente, o que se haya visible a los ojos mortales en ningún momento, en ningún lugar.

“Creo que el nuevo y antiguo testamento fueron imaginados y escritos por el hombre y que ninguna línea de ellos fue autorizada por Dios y mucho menos inspirada por El.

“No creo en providencias especiales. Creo que el universo está gobernado por leyes estrictas e inmutables. Si la familia de un hombre es barrida por la pestilencia y la de otro hombre se preserva, se trata solo del funcionamiento de esa ley: Dios no interviene ese asunto íntimo, ni en contra de uno de los hombres, ni a favor del otro…

“Creo que las leyes morales del mundo son el resultado de la experiencia del mundo. No era necesario que ningún Dios bajara del cielo a decir a los hombres que el asesinato y el robo y las otras inmoralidades eras malas, tanto para el individuo que las comete como para la sociedad que sufre.

Si rompo todas esas leyes morales no logro entender cómo ofendo a Dios con ello, pues Él está más allá del alcance de mis ofensas, del mismo modo podría yo ofender a un planeta arrojando barro contra él”.

 

Su filosofía claramente determinista le hace aceptar a un Dios creador omnipotente pero como es natural. Indiferente a la suerte y a los hechos de los hombres. Por otra parte, su experiencia de la iglesia, que según lo demuestra una y otra vez en sus obras, parece haber estado dominada por el principio de la predestinación, le impide aceptar la idea de la misericordia o las del ejercicio del libre albedrío. Satanás un extraño que visita la tierra puede analizar con equitativo desprendimiento la sinrazón que hay en aceptar al mismo tiempo la idea de que todo está preordenado en el destino universal y en los destinos individuales y la de que los hombres que pueden obrar según su propia elección.

La introducción de Satanás es el artificio del que se vale Twain para dejar de lado las ataduras religiosas y morales que él necesariamente sentía, los resabios puritanos de los que tantos autores realistas y racionalistas han tratado inútilmente de liberarse. Satanás tenía eso de común con los héroes niños de Mark Twain: no estar comprometido con los sistemas ético-religiosos de la humanidad, no sentir las tensiones que sufren los que llevan la religión en las venas. Pero desafortunadamente Mark Twain estaba más familiarizado con su personaje y, al sustituirlo, destruye su propósito inicial; esto se hace en el tono amargo y agresivo de muchas de las cartas, tan distinto al de sus obras más felices.

Es evidente que con la doctrina calvinista que Mark Twain estaba familiarizado; leamos su descripción de un servicio religioso en Tom Sawyer:

“El ministro leyó un texto y canturreo monótona y largamente un argumento tan prosaico que muchas cabezas comenzaron a inclinarse con el sueño, y sin embargo era un argumento que hablaba de fuego y azufre infinitos y que limitaba a los escogidos predestinados en un número tan pequeño que apenas si valía la pena ser salvado”.

Nada ofrece esta iglesia que sea aceptable para el crítico racional; ni tampoco ofrece nada al humorista, excepto quizás la probabilidad –aprovechada en cierto momento en Cartas de la Tierra- de demostrar lo trágicamente cómico de la cándida premisa de que Dios creó el universo para que girara alrededor del planeta donde vive esta criatura mínima que se siente tan importante: el hombre. La modestia de tal concepción se demuestra plenamente en el largo relato del Diluvio y de la preservación de la mosca que casi infaliblemente traerá a la memoria del lector la frase sumaria del personaje de Borges: “Tanta soberbia el hombre, y al final solo sirve para juntar moscas”.

Pero hasta ese brazo de humor, posible en Satanás, “El único de los forasteros del cosmos que sabía reír” se diluye al confundirse el personaje con el propio autor; este, como humano que se fraterniza con la víctima y se duele no solo de la persuasión divina sino también del hecho de que al mismo tiempo que le carga la responsabilidad de sus pecados, Dios roba al hombre de las de sus méritos.

Disparejo es aquí el estilo de Mark Twain, como en la mayor parte de sus obras de esta índole. Solo incidentalmente nos da descripciones de verdadera belleza, como la de la creación de una parte del cosmos; cae luego en lo anecdótico de su profesión de periodista y de conferenciante. Lo diverso de una de las citas resulta chocante: tan pronto deduce sus conclusiones de largas series de versículos de la Biblia cuyo valor literario y belleza poética exalta, como de informaciones de una prensa de dudosa veracidad y pobre gusto.

Es fácil comprender por qué al oponerse a la publicación de las Cartas de la Tierra, Clara Clemens arguyó que “ciertas partes de ella presentaban una visión distorsionada de las ideas y las actitudes de su padre”. Es fácil ver que Mark Twain se debate en el eterno dilema de creer en Dios y en el hombre, y aceptar la pequeñez de este último en el universo al mismo tiempo que su valor como ser pensante y con posibilidades de actuar con libertad; de reconocer a la vez que ha sido dotado una más amplia gama de cualidades que los otros seres que conocemos, así como de una capacidad para elegir entre el bien y el mal y que sin embargo su condenación o su salvación no dependerán de cómo haga uso de todo eso sino de una voluntad superior y de un destino predestinado. Es el Dios de la caridad y de la misericordia el que Mark Twain no puede aceptar; y no lo acepta porque nada encuentra en los hechos reales e históricos que lo justifiquen ente su racionalismo y su determinismo. Solo ve a este Dios como invención del hombre, una creencia hecha sobre bases falsas, que se autodestruyen en los propios libros sagrados.

De esto resulta la visión pesimista que lo hace “embarcarse en una sátira del mundo en que vive”. Una sátira en que, a pesar de todo, hay una nota de esperanza: su fe en el hombre y en la ciencia que lo lleva a una lenta y larga lucha contra el mal. Estas notas que nos lleva a descubrir la gran verdad de la inscripción gravada al pie de su estatua en el pueblo de su niñez: “Su religión era la humanidad y el mundo entero se enluto en su muerte”.

Alicia Varela

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